viernes, 13 de septiembre de 2013

Almodóvar y Tarantino, dos excusas para terminar jugando

¿Qué somos sino la suma de influencias que esculpen nuestra singularidad? Están las influencias familiares, las culturales... Todas nos van modelando. Ciertos artistas nos influyen notablemente. Admiramos a algunos de ellos, nos identificarnos con su producción y nos estimulan a la acción. Las influencias suceden, no siempre las elegimos. Aceptamos inconcientemente el convite a sus intensidades, sus colores, sus ritmos, a sus modos de ver el mundo.
Es el caso de Tarantino y Almodóvar. Realizadores que a su vez son el claro resultado de una suma de influencias de otros realizadores cinematográficos. Cineastas a los que citan en cada una de sus películas. Hoy han conseguido una estética muy particular, un lenguaje propio, una identidad como artistas. Su procedimiento nos envía a una reflexión sobre dicha identidad. ¿Será que una identidad se construye en la posibilidad de asumir las influencias y apoyando sobre las mismas ir a la búsqueda de nuestra propia producción subjetiva? ¿No es el caso del tango por ejemplo? Confluyen en él rasgos de diferentes ritmos: raíces afrolatinas y europeas se combinan hasta quedar condensadas en la música que caracteriza a la región rioplatense. Ciertas corrientes de pensamiento sobre la identidad parecieran pretender forjar la misma sobre un borramiento de las influencias en función de ciertos mandatos chauvinistas. Esta concepción de lo identitario descree del valor de las llaves. ¿Qué serían las llaves? Serían esos instrumentos capaces de enviarnos a nosotros sin ser nosotros mismos. Es el jazz en Piazzola para crear un nuevo tango. La llave adquiere su sentido en la función que cumple: habilita operaciones de apertura. En la lógica descripta hablamos de una apertura a los propios deseos, los propios temas... hasta la emergencia del propio gesto. De tal modo y en nuestra experiencia, Tarantino y Almodovar nos envían, resuenan, nos conectan con nuestras propias vivencias. Amamos, nos frustramos por amor, desafiamos a lo dado culturalmente para poder amar junto al creador de Matador. Y se revela nuestro propia necesidad de venganza, de justicia poética junto al director de Kill Bill. Hemos tenido que transponer al lenguaje del teatro los códigos del cine, hemos homenajeado sin solemnidad a nuestras influencias cinematográficas, hemos jugado como cuando niños ha pertenecer a ese mundo de películas, estamos jugando a la música de sus palabras, estamos jugando a lo desopilante de sus situaciones, estamos construyendo nuestra propia obra. Indiscutible es la pregnancia de los artistas elegidos, ellos son los maestros de ceremonia de este ritual que, en estas primeras experiencias frente a público, parece dejar a algunos espectadores con ganas de jugar a lo mismo que nosotros: a no perder el placer de actuar.

"En la recta final", de Guillermo Cacace

Y allí están al principio como una prolongación de la platea... siendo uno con los espectadores. Al tiempo habrán salido de esa posición para ocupar el escenario, para hacer propio esos mundos de película. Casi como demostrando que media una decisión y uno ya está del otro lado. Luego, el vuelo. Asumir un rol activo en el relato. Relativizando la noción de propiedad en el arte. Robando escenas, recreándolas, dejando que nos atraviesen esas historias que en principio eran de otros... cada actor identificado con algún fragmento se adueñó de lo que hoy es la pieza de un gran rompecabezas que hace sentido en los bordes que se tocan, que se rozan, que friccionan... hace sentido en velocidades, ritmos, intensidades de los cuerpos que se cruzan y potencian: un modo otro de narrar. Ya no es la historia la que armará la curva, el justificativo racional de las tensiones... Cada instante se hará cómplice de otro y el encadenamiento encontrará a los actores en la posición opuesta a la que comenzaron. Tuvo lugar un viaje. Ahora los actores están sentados frente a los espectadores dispuestos a su última avanzada hacia público. En una suerte de progresión irán ganando proximidad con quien mira para después de haber jugado durante una hora o más, arrojar las máscaras por el aire y compartir la desnudez. Creo escucharlos decir un texto que no existe: Aquí estamos, desnudos, frente a ustedes... hoy nos tocó a nosotros tomar las riendas de la realidad pero queda demostrado que no es imposible crear realidades alternativas, inventar otros mundos, sobre todo siendo que el que habitamos no nos deja satisfechos. La insatisfacción halla su desafío en los espacios más hostiles y gana el placer cuando la fuerza del encuentro se antepone a las parcelas. Conmueven los permisos que el artista arrebata a lo prohibido. Actuar es vengarse le escuché decir a una actriz. Los actores están allí, es el final, de cara al público. Es el final de muchas cosas y querríamos que los finales sean más fáciles. Tal vez este final sea menos doloroso en la percepción del cuerpo colectivo. Allí están, desnudos... luego de cuatro o más años... En la consistencia terrenal de un grupo , matando los paraísos del débil ego. Allí están con la capacidad de producir alguna belleza. Allí están. Están. Estamos y no es poco.

"Pedro Almodóvar y los mundos marginales", de Claudia Blasetti (fragmento)

Si pudiéramos trazar un paralelo, Tarantino nos introduce en las estructuras del género épico, y Almodóvar en las del género dramático, tanto trágico cuanto cómico.

Sus películas nos sumergen en mundos más íntimos en los que los personajes se debaten en conflictos familiares, endógenos, pueblerinos, o de grandes ciudades, en los que el dolor sucede entre cuatro paredes, quizás debido también al acentuado realismo y costumbrismo característicos del relato español.


Pero,del mismo modo que Tarantino, su forma de narrar y sus personajes nos alejan definitivamente de la moral burguesa.


La inclinación por lo bizarro, lo transgresor, lo prohibido y silenciado signa toda la producción de Almodóvar, tanto en sus comedias cuanto en sus películas más sórdidas.


Todos sus personajes están al margen, todos sus protagonistas han sido violados, agraviados, asesinados o cuestionados.


Almodóvar elige mostrar y transformar en protagonistas a esa porción de la sociedad que nunca hubiéramos elegido escuchar.


Cuando en “Todo sobre mi madre”, La Agrado, una travesti entrañable, quiere contar su historia en el escenario, para hacer tiempo porque no se puede representar “Un tranvía llamado deseo”, el público se levanta indignado, y se retira. Esas historias no interesan a nadie.


Es quizás en “La piel que habito” que Almodóvar alcanza el mayor nivel de complejidad y profundidad de relato y composición de personajes.

La primera toma de la película nos muestra a Vera, la protagonista, en una extraña y bella postura de yoga.

Nuevamente, entramos al relato por el lugar menos esperable.

¿Quién es Vera?

Reconocemos los vestigios del mito griego de Prometeo, la influencia de “Frankenstein” de Mary Shelley y toda una línea de pensamiento acerca de la temática del avance científico, el atropello a las leyes de la naturaleza, el avance de la genética, y otros dilemas de la sociedad actual.

Pero, nuevamente, ¿Quién es Vera?

Es interesante ver que esta narración tiene tres voces diferentes: el narrador omnisciente, el sueño del Doctor Robert Ledgard y el sueño de Vera que nunca comprenderemos hasta que descubramos que Vera es Vicente.

Esta es una historia de víctimas y victimarios. Tanto Vicente cuanto el Doctor Ledgard son víctimas y victimarios de sus propias acciones.

A la manera del sino trágico de Esquilo, el médico desde su nacimiento es víctima del linaje maldito. Ya Marisa Paredes, su madre en la ficción, lo expresa claramente: “He llevado siempre la locura en mis entrañas”.

Nace, vive, ama, tortura, mata y muere bajo el mismo sino del horror: ni su madre, ni su esposa, ni su hija, ni él mismo, ni Vera se pueden sustraer a este designio.

Pero Vera ha sido Vicente, y como tal, ha violentado a la hija del doctor, ingresando involuntariamente a este mundo de horror y tortura.


El mundo real, burgués, pueblerino, desaparece en el mismo instante en que Vicente, por hamartía, violenta a una chica enferma psiquiátrica, se equivoca y huye. O eso cree. Ya nada detendrá la tragedia.

Como en el surrealismo, la realidad aparente se abre a lo siniestro, a ese reino de lo impredecible e inconsciente. No por casualidad, dos fragmentos del relato son sueños.

Toda la película desovilla la historia, sobre un hilo que se tensa desde su existencia de un joven de pueblo, Vicente, hasta su inconcebible devenir en “Vera”.

Luego de muertes, asesinatos, torturas, violaciones, el mundo se restablece y a la manera shakespereana, Vera escapa por fin del infierno, vuelve al pueblo y apenas podrá balbucear en el negocio de su madre a Cristina, la empleada, a su propia madre y a todos nosotros, las únicas palabras que sintetizan toda la tragedia: “Soy Vicente”.


Conclusión

Creo que es esa grieta que abren ambos directores la que nos conmueve, la que intuimos que todo el tiempo nos está rodeando y en la que podemos caer en cualquier momento.

La que los medios de comunicación insisten en sumergirnos y de la que abusan diariamente.

La que nos enfrenta a la incertidumbre y devenires de nuestra realidad cotidiana, la que nos hace sentir tan inseguros y amenazados permanentemente y por eso mismo, nos hace entender que hemos pisado, por fin, tierra firme.